A Jesús POR María

Cuando empezamos a conocer más nuestra fe católica, es muy normal que nos surja una duda sincera: ¿Si amo y rezo mucho a la Virgen María, no le estaré quitando el lugar que le pertenece a Jesús?. A veces, algunas personas creen que la devoción a la Virgen es como un desvío o un obstáculo, y les da miedo que al hablar con la Madre se olviden del Hijo.

Este temor, aunque nazca de una buena intención, viene de no conocer un secreto maravilloso: María jamás se queda con nada de lo que le damos. La Iglesia católica nos enseña con total claridad que el centro de nuestra fe es Jesucristo, nuestro único Salvador, verdadero Dios y verdadero hombre. María no compite con Jesús; al contrario, ella está totalmente a su servicio.

En este artículo, explicado de forma muy sencilla con la ayuda de los santos, vamos a descubrir por qué el camino más corto y seguro para llegar al corazón de Jesús es, precisamente, ir de la mano de su Santísima Madre.

1) Jesús es el centro: María es la ventana que nos deja ver su luz

La primera verdad que debemos grabar en nuestra mente es que Jesús es nuestro único fundamento. Él es el principio y el fin de todo, y solo en Él encontramos la salvación eterna. Si alguna vez una devoción a la Virgen nos alejara de Jesús, esa devoción sería falsa y tendríamos que rechazarla de inmediato.

Pero con la correcta devoción pasa todo lo contrario. María está tan unida a su Hijo que es más fácil separar la luz del sol o el calor del fuego que separar a María de Jesús. Ella está tan llena de la gracia de Dios que cuando nosotros le decimos “María”, ella nos responde “Dios”. Todo lo que ella hace es para unirnos más a Cristo.

  • La analogía del sol y la luna: Si intentamos mirar fijamente al sol del mediodía, su luz tan potente nos cegaría y nos lastimaría los ojos porque somos débiles. Dios, que conoce nuestra fragilidad, nos regaló la luna, que es hermosa, suave y pacífica. La luna no tiene luz propia; lo que hace es recibir la luz del sol y reflejarla de una manera suave para que nuestros ojos la puedan contemplar sin miedo. Así es María: ella no es Dios, pero es como esa luna buena que nos refleja la luz de Jesús para que podamos acercarnos a Él sin temor.

2) El secreto del molde: Cómo ser santos sin cansarnos tanto

San Luis María de Monfort nos enseña un secreto bellísimo en el texto Tratado de la devoción a María: entregarse por completo a Jesús a través de María es un camino fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la santidad.

Muchas personas intentan llegar a Dios confiando solo en sus propias fuerzas. Caminar así es como cruzar un desierto caluroso, lleno de piedras, espinas y subidas peligrosas donde es muy fácil cansarse o caer en el orgullo. En cambio, cuando nos consagramos a María, ella se vuelve nuestra guía. Ella hace que las cruces de cada día sean más fáciles de llevar, endulzando nuestros dolores con su amor de madre.

Para entender esta gran diferencia, los santos nos ponen la comparación del escultor y el fundidor:

  • El método del cincel (Caminar solos): Imagina a un escultor que quiere hacer una estatua de Jesús golpeando una piedra dura con un martillo y un cincel. Es un trabajo larguísimo, agotador y difícil. Si da un solo golpe mal dado, puede romper la piedra y arruinar toda la obra. Así pasa cuando intentamos ser buenos usando solo nuestras fuerzas: nos cuesta mucho y fallamos fácilmente.

  • El método del molde (Caminar con María): Ahora imagina a un fundidor que encuentra un molde perfecto y hermoso. Lo único que tiene que hacer es derretir el metal, vaciarlo dentro del molde y esperar. El trabajo se hace rápido, con poco esfuerzo y sin errores. María es el molde perfecto de Dios. Si nosotros nos ablandamos con un corazón humilde y nos vaciamos en ella, tomaremos la forma exacta de Jesucristo de una manera rápida y segura.

Además, a veces nuestras buenas acciones van acompañadas de egoísmo o vanidad. Pero María se encarga de limpiar todo lo que le ofrecemos:

  • La manzana y la bandeja de oro: Imagina a un campesino muy pobre que quiere regalarle al rey una manzana silvestre para ganarse su cariño. La manzana es poca cosa y está algo sucia, por lo que el rey podría rechazarla. Pero si el campesino le da la manzana a la reina, ella la limpia, la pone en una hermosa bandeja de oro y se la lleva al rey. El rey recibe el regalo con gran alegría, no por la manzana en sí, sino por el valor de la bandeja y por el amor a la reina que se la entrega. De la misma forma, María toma nuestras pequeñas oraciones, las limpia y las adorna con sus virtudes para que Jesús las reciba con agrado.

3) El doble amor de María: La estrategia infalible que siempre nos lleva a su Hijo

Acudir a María no es solo una buena idea; es una estrategia espiritual completamente infalible. Esto se debe al doble amor que llena su corazón Inmaculado: su amor infinito hacia su Hijo Jesús y su amor profundamente maternal hacia cada uno de nosotros.

  • Su amor hacia su Hijo: María es la criatura que más ha amado y glorificado a Jesucristo. En ella no existe el egoísmo; todo su ser es como un espejo perfecto, ella es el “eco de Dios”. Si tú le dices “María”, ella inmediatamente repite e impulsa el nombre de “Dios”. Por eso, es imposible que te quedes estancado en ella: su mayor deseo y su felicidad es ver a su Hijo amado conocido, servido y obedecido.

  • Su amor hacia nosotros: Como nuestra verdadera Madre en el orden de la gracia, María nos ama con una ternura que supera la de todas las madres de la tierra juntas. Ella conoce perfectamente nuestra debilidad y lo mucho que nos cuesta ser fieles a Dios. Por esta razón, ella es quien más se preocupa y se desvive para que nosotros nos acerquemos a Jesús. Nos cuida, nos alimenta con el Pan de la Vida y nos defiende de los enemigos del alma para que no perdamos el camino del cielo.

  • La analogía del acueducto y el agua: Para entender la perfección de esta estrategia, imaginemos un gran acueducto o tubería que conecta una inmensa fuente de agua con un pueblo sediento. El acueducto no fabrica el agua, ni la retiene para sí mismo; su única función es hacerla pasar de forma suave, limpia y abundante para que llegue a las personas. María es ese acueducto misterioso. Ella recibe todo el amor y las gracias del corazón de Jesús y se preocupa por derramarlas sobre nosotros, asegurándose de que esa agua viva nos limpie y nos conecte directamente con la Fuente, que es su Hijo. Ir a Jesús a través de ella es la estrategia perfecta porque ella es la abogada que sabe exactamente cómo tocar el corazón de Dios para que nos reciba con los brazos abiertos.

4) Conclusión: El camino de regreso a nuestro Bautismo

En resumen, consagrarse totalmente a Jesús por medio de María es volver a vivir con fidelidad las promesas de nuestro Bautismo, tal como nos invita a reflexionar el magisterio. Cuando éramos bebés, nuestros padrinos prometieron por nosotros que rechazaríamos el mal y seguiríamos a Jesús. Al crecer, esta devoción nos da la oportunidad de decirle a Dios con nuestro propio corazón: “Sí, acepto este trato de amor y pongo mi vida en manos de mi Madre del cielo”.

No tengamos miedo de amar a la Virgen con todo el corazón. Ella no se queda con nuestro amor; es la compañera perfecta que nos asegura un encuentro real, profundo y definitivo con nuestro Dueño y Señor. Dejémonos guiar por su doble amor para que, transformados en ese molde divino, podamos vivir una fe madura y dar la mayor gloria posible a Jesucristo.


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